Esa mañana, Paloma sintió que, esta vez sí, sería su día.
«Yo soy suficiente.
Soy ganadora.
Soy talentosa.
Soy preparada.
Soy capaz.
YO SOY SU-FI-CIEN-TE»,
se dijo, frente al espejo.
Sentía, como nunca antes, que este empleo sí sería suyo.
Acabó de maquillarse y fue a servirse un café.
Total, ansiosa como era, contaba con más de una hora de ventaja.
Taza en mano y pensativa, se recostó en la cubierta del fregadero y terminó echando abajo la pila de recibos acumulados sin pagar.
Cuando bajó la mirada para recogerlos, lo descubrió: un hueco en la punta de uno de sus zapatos.
Justo, de los negros, los únicos sobrevivientes decentes con los que contaba para verse formal.
¡Cómo llegaría así a la entrevista!
Angustiada, revolvió en su desordenado cajón de la ropa interior y sacó unas calcetas negras.
Voilà ! Si nadie se acercaba demasiado, nadie descubriría el pequeño detalle de miserabilidad.
Se prometió no mencionarlo, para intentar hacerse la chistosa.
Basta de eso. No, ella es una ganadora y las ganadoras no hablan nunca contra sí mismas.
En el metro, camino a la entrevista, repasó mentalmente las recomendaciones del Podcast Mujer Empoderada y se susurró: “Yo soy suficiente. Yo no me burlo de mí para subestimarme”.
Pero, cuando estuvo frente al entrevistador, lo primero que dijo, riéndose, fue:
“Y aquí estoy, con mi zapato roto.
Le juro, nadie necesita tanto este trabajo como yo”.
Lamentablemente, lo sabemos, nadie toma en cuenta a una mujer desesperada.
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