Alejandra Blanco Mendoza – Buenos Aires, 2010/Ciudad de México, enero 2026
Un mes antes de morir, se puso a dibujar su segunda boca.
De pie, frente al espejo, al hombre le pasó que con cada trazo iba descubriendo algo familiar.
Aquella segunda boca era idéntica a la primera, a la de él, a la de su rostro.
Pero había algo en ella que le hacía ruido. Claro, la única variación estaba en la forma de sus dientes.
Fue hasta la caja de herramientas que guardaba en la cocina, tomó una lima de hierro y comenzó a trabajar.
Día tras día fue limándolos hasta hacerlos afilados como los de la boca en su cuello.
Al terminar su obra, se dijo que ahora sí eran dos perfectas bocas de hiena, y tomó un bocado de carne descompuesta.
A los 20 años, al hombre comenzó a crecerle una especie de llaga en el cuello. Al principio, solo le causaba algún escozor, pero luego le fue molestando más y más; sobre todo porque la gente -la gente es cruel- comenzó a mirarlo con asco.
Lo examinaron varios médicos; cada uno hizo un diagnóstico y propuso una solución.
Que es una secuela de la varicela que sufrió de chico, dijo uno.
«Úntese esta pomada una vez al día todas las mañanas después de la ducha, eso la desinflamará».
Que se puede operar en una cirugía ambulatoria muy sencilla, aseguró otro.
«Es muy raro, pareciera que no parará de crecer. Habría que internarlo, eso sí, para observación posoperatoria».
El hombre siempre sufrió por su apariencia física: menudo, casi esquelético y algo jorobado, sus ojos pequeñitos y tramposos parecían los de un animal salvaje con hambre vieja, perennemente al acecho de alguna presa.
La sociedad contemporánea -la sociedad contemporánea es cruel- no tolera la fealdad.
Fue para su cumpleaños número 30 cuando optó por la operación.
Al principio, todo salió bien, pero, al cabo de dos meses exactos, la llaga reapareció, ahora tornada violácea [antes era más de color piel], y, de nuevo, comenzó a crecer.
Bufandas, pañuelos, cuellos de camisa altos… nada conseguía ocultarla por completo.
Aquella masa de carne con apariencia sanguinolenta, brillante, viscosa y de estar siempre a punto de comenzar a supurar, parecía tener vida propia: inevitablemente, conseguía escabullirse de cualquier prenda con la que el hombre la quisiera ocultar.
Como si quisiera respirar.
El hombre se resignó.
Pero con odio.
Un odio profundo se fue gestando en él. Contra todo, contra todos.
Sobre todo contra aquella llaga que no paraba de crecer.
Una noche, mientras dormía, la llaga explotó.
El dolor agudo lo despertó.
La almohada entera estaba impregnada con el olor y la humedad de la sangre y el pus.
Dio una arcada y corrió al baño. Frente al espejo del botiquín se le escapó un grito de horror: la llaga se abría justo a la mitad y dejaba lucir una incipiente cadena de dientecitos afilados.
Sí, la llaga de sus tormentos ahora era una segunda boca. Una horripilante y amenazante segunda boca.
No sabía qué hacer: siempre tratado casi como un monstruo, si corría al médico, ese era el trato justo que recibiría.
La ciencia lo miraría -y no con menos asco que el resto de las personas- como a un engendro.
Odiaba que esto le pasara a él. Odiaba todo.
Fue ahí cuando el hombre lo decidió. Aprendería a vivir con ese segundo boquete en su cuello.
No sabía que aquel nacimiento inesperado no sería lo peor.
Al poco tiempo de ver la luz, aquella boca dentada del demonio comenzó a emitir un chillido tan fino como enloquecedor que iba directo a su oído.
La boca tenía hambre y él podía sentir como sus jugos gástricos atormentaban a su estómago cada vez que aquel boquete maldito chillaba.
¿Qué podría comer ese hueco maloliente? ¿Frutas, vegetales, semillas? Probó con todo, pero nada calmaba ese berrido punzopenetrante: toda la comida que le ofrecía la rechazaba.
Tan rápido como crecía cuando anteriormente era llaga, crecieron los dientes de la boquita. Afilados, amarillentos, con olor putrefacto.
Entonces, un día, se dio cuenta: eran los dientes de una hiena. Y, ¿qué comen las hienas? Carroña, claro.
Sacó un bife del congelador y lo dejó al sol. Cuando ya el olor era tan insoportable como el de la boca en su cuello, se lo ofreció.
Ahí está: todo lo que necesitaba era carne podrida.
Cesaron los alaridos.
Carne putrefacta a la mañana, carne putrefacta a mediodía, carne putrefacta a la noche.
La boca, agradecida, permitía que, entre comida y comida, el hombre la cubriera sin intentar escabullirse, como cuando no era más que una pústula.
Igual, nadie se le acercaba: el olor nauseabundo, a boca carroñera, que despedía su cuello era insoportable para cualquiera.
La cajera del súper, el portero, el panadero, el carnicero, el verdulero… nadie podía evitar taparse la nariz.
Y aquella mirada: la mirada del asco que lo acompañó siempre y que tanto lo enfermaba.
El hedor acabó dejándolo sin empleo.
El hombre trabajaba en una pequeña fábrica de ropa de imitación para mujer, en el Barrio de Once de la Capital Federal.
Su trabajo consistía en copiar diseños en tendencia de grandes firmas de moda que el taller repetía y vendía en el mercado mayorista.
Era un oficio sencillo para él, no así para sus compañeros, a quienes les era imposible, mientras él estuviera, soportar la peste del ambiente.
No tenían más opción que mantener las ventanas abiertas. Pero, cuando llegó un nuevo invierno, debieron elegir: morirse de frío o soportar la podredumbre.
Un 30 de julio, cuando se viven las temperaturas más bajas del invierno porteño, lo despidieron.
Se refugió en su departamento de Villa Crespo.
Comenzó a trabajar y vivir en línea. Siempre con Tom Waits como único acompañante.
O casi.
El sesentón, gordo y siempre buena onda del encargado del edificio era quien deslizaba bajo su puerta algunas facturas de servicios o dejaba al pie de esta sus compras.
Fue él el que debió forzar la puerta, un 15 de enero de 2008, uno de los días más calientes del siempre rudo verano austral, y tres días después de notar que del depa se colaba un espeso tufo, para encontrar una escena terrible: el hombre y su otra boca nadando en un líquido amarillento y fétido.
El consumo de carne podrida terminó por generarle al hombre una septicemia generalizada.
Eso concluyeron los científicos, antes de condenar los restos al material reservado en la heladera de los fenómenos olvidados.
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