Me da mucho gusto que estés leyendo esto, especialmente si estás en una etapa de tu vida -no importa cuál sea, no importa tu edad- en la que estás queriendo dar una vuelta de timón. Créeme: sé cómo se siente. Por eso, quizás mi experiencia te dé el empujón que necesitas.
No me recuerdo sin las letras, sin la pluma y el papel, sin el tlac-tlac de la computadora. Sin el sudor de los ensayos, sin el baile de adrenalina justo antes de que suba el telón…
Y fue así siempre.
En la escuela no me perdía ni un concurso de escritura o la participación en cualquier acto de canto -era parte del coro-, baile o actuación.
Solo tenía 16 años cuando tomé mi primera clase formal de actuación, con el gran y ya finado Enrique Porte, en mi natal Caracas, Venezuela.
Pocos años después de eso, continué mi formación en una gran escuela, «la Porfirio» -Escuela de Teatro Porfirio Rodríguez-, con su poderosa educación integral, cuya marca me acompaña hasta hoy: historia del teatro, expresión corporal, apoyo conceptual, voz y dicción, escenografía, danza y, claro, interpretación. Puedo decir con mucho orgullo que Gilberto Pinto, José Gabriel Núñez o Alexis Echenagucia destacan entre esos maestros que me enseñaron tanto amor, pasión y rigor por el arte teatral.
De pequeña practiqué gimnasia rítmica, así que fue bastante natural que acabara formándome también en Danza Contemporánea. Qué delicia era subir al PH del Edificio Tajamar en el Parque Central para tomar clases en el Taller de Danza Caracas o al salón de Pisorrojo en la Universidad Central de Venezuela.
Aquel aprendizaje del más puro movimiento contemporáneo -a veces, al ritmo de la percusión en vivo- fueron un real privilegio.
También lo fue poder entrar a formar parte -tras una delicada selección- del tan exclusivo programa de formación de Jóvenes Artistas del Grupo Theja. Personalidades como Javier Vidal o Javier Moreno me aportaron un montón.
Aprender sobre guiones, diálogos, cine y televisión con enormes como Memo Arriaga, Fernando Gaitán o Julio César Mármol (padre) fue otra bendición.
Tuve el honor, además, de hacer una enorme deconstrucción del trabajo del actor, la dirección y la puesta en escena con un gigante de gigantes: Juan Carlos Gené. Para muchos, como yo, el mejor maestro de teatro que alguien pudo tener jamás. Lo mismo, con las enseñanzas de su partner, Verónica Oddó.
Qué puedo decir…
Sea como actriz, bailarina, dramaturga o productora, en el teatro; o como dialoguista o guionista para cine o radio, fui la más feliz sobre el planeta tierra.
Sin embargo, en mi vida aparecieron los compromisos familiares y también la migración. Ya viví en cuatro países diferentes. Y, con unos y otros, surgió la necesidad de dedicarme a otras actividades.
Fue así como me convertí en productora de giras musicales y conciertos, representante y relacionista pública de músicos…
Era lo que había y tuve que ponerle el pecho a esto durante muchos años y, aunque nunca dejé de escribir y de intentar regresar al teatro -no solo como dramaturga, sino también como directora-, el peso de esa realidad pudo mucho más.
¡Y no me culpo!
Pero en el año 2024 tuve una descompensación de salud que fue crucial, tanto por lo fuerte que fue como por la oportunidad que me dio.
En esos momentos -meses, en realidad- en los que apenas podía levantarme de la cama, pasé muchas noches y madrugadas en urgencias y parecía que nunca saldría de aquello, me prometí que, de lograrlo, regresaría a lo mío como fuera.
Desde mi recuperación, no he parado: van dos nuevas obras de teatro concluidas, dos más en camino, una por revisar, un unipersonal por comenzar a ensayar y varios relatos concluidos.
Es una apuesta atrevida, sí, pero es una apuesta que me hace libre.
Dejé todo lo demás y volví… adonde creo que siempre estuve, aunque me dedicara a otras cosas.
Me reinvento regresando de lleno a mis raíces.
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