Tacones de aguja

Alejandra Blanco Mendoza – Buenos Aires, 2013/Ciudad de México, 2026

Porque soñaba que tragaba piedras que le rasgaban la garganta despertó de golpe para dejar atrás inmediatamente la sensación de sed pastosa y darse cuenta del puntazo en su panza y de un penetrante olor a mierda y a carne quemada que lo obligó a dar una arcada, mentar la madre de nadie y cerrar los ojos de nuevo por unos segundos, justo después de reconocer los tacones de aguja que lo miraban amenazantes al lado de su propio charco de sangre.

Entonces sintió el piquete de la luz de la linterna aguijoneándole los párpados.

Como pudo, los abrió y la escuchó decir:

–¿Qué pasó, Leonel? ¿Tan mal te cayó el whisky?


Sobre el viejo colchón meado por sus cinco gatos -sus únicos amigos vivos- El Gordo leyó la noticia de primera plana a través de la pantalla rota de su tableta año 2013. La última que se pudo comprar cuando todavía era el jefazo, el líder máximo de la mafia de los burdeles.

–Mierda, a estas alturas van a venir a joder con esto… ¡24 años después!

Un ataque de tos le hizo caer el cigarrillo de la boca, cuya punta encendida fue a sumar un hoyo más a ese coladero con olor a orín felino que todavía, sobre todo por costumbre, llamaba cama.

–Ese par… Cobraron barato, pa’ lo que se merecían.

Que me vengan a chupar la pinga, estos esqueletos.

Se cagó de risa y lanzó un escupitajo en el cenicero.


El cuerpo carnoso de la mulata lucía perlado gracias al reflejo de la luna llena.

De pie, con las piernas abiertotas -desafiando la gravedad con la altura de sus zapatos y la flexibilidad de su ceñido vestido de licra-, apoyaba los codos en su ya prominente panza de seis meses para apuntar fijamente al miserable hombre que se retorcía en el suelo.

Entre el dolor y el asco, el tipo hizo un recuento mental: «me bajé del taxi, entré al aeropuerto, seguí directo a la sala VIP porque «total, queda suficiente tiempo para el chequeo». Después, el whisky, un brazo moreno llevándolo casi a rastras al estacionamiento, la cajuela de un coche azul… y la nada».


El Gordo se levantó con la dificultad de una buena vida pasada, se puso una bata, para no andar nada más que en calzoncillos, “como Superman” -así le decía su mamá de chico-, caminó hasta la cocina seguido por sus cinco michis y abrió el refrigerador.

Seis huevos, un litro de leche, una cebolla podrida -que no echó a la basura- y una botella de anís que ya iba por la mitad.

Se sirvió un poco de leche en el vaso menos sucio que encontró y sirvió un chorro en un platito que ofreció a los gatos. Después buscó a tientas en el canasto contenedor-de-lo-que-sea sobre la mesa y sacó una pastilla para la úlcera, que pasó de un trago, y encendió la radio.

“Dos cadáveres fueron hallados en el fondo de un pozo, tapiado por la vegetación. Las primeras pesquisas revelaron el nombre del occiso: se trataría de Leonel Álvarez, quien desapareció hace 24 años, sin causas conocidas. El segundo cuerpo corresponde a una mujer…”.

–Negra, embarazada de unos seis meses. Una maldita puta malagradecida. Una perra que acostumbraba morder la mano de quien le daba de comer.

Se acomodó la tobillera electrónica y salió al porche para buscar las pantuflas remendadas que había puesto a secar desde el día anterior.


Todavía sintiendo la luz de la linterna como dos lanzas en sus ojos, se preguntó cuánto tiempo llevaría ahí, así, y se respondió enseguida que no debía ser demasiado porque aún no sentía el terrible frío aquel por el que de niño vio temblar en su cama, a pesar de llevar encima varias frazadas, a su abuelo, el teniente Luis Álvarez Tirado, poco antes de pedirle que se acercara para decirle que ahora sí, mijo, ahora sí era el fin, que Dios me lo bendiga, me lo ampare y me lo favorezca, para luego quedarse alelado mirando fijamente el techo con los ojos prácticamente en blanco.

Como pudo, alcanzó a mover su brazo y miró su reloj de pulsera Casio. –Mierda, ya son las tres.

Fue ahí cuando pensó que habría sido todo distinto de haberle regalado a esa puta negra un collar de oro en lugar de uno de perlas pavosas aquella noche en la que le pidió que lo dejara todo para irse con él a su nuevo negocito porque tú eres demasiado mujerón para andar por la vida con ese dealer de cuarta.

Redondear sus ingresos. Darle a su mujer todo lo que merecía. Una casita en el centro. Una buena escuela pa’ los muchachos.

No depender más de los malditos cupos de abasto.

Con tanto jerarca rico por ahí queriendo meterla, ¿se iba a quedar siendo el edecán de El Gordo pa’ toda la vida? No me jodas.

Ya manejaba a la perfección esa doble vida de oficinista cara de bobo de día y matón de noche. Era hora de marcar esa milla y arrancar su propio burdelito. ¿Qué coño le iba a hacer el jefe? Ese gordo sabe bien lo que es empezar desde abajo. ¿No eran cumpas, pues?

Y esa yegua pura negrura era una primera gran inversión.


Sentado en su desvencijada mecedora de mimbre cuyo vaivén hacía crujir el océano de hojas secas que alguna vez fue un hermoso porche, con las pantuflas recién lavadas y calentitas por el sol ya puestas, El Gordo pensó que las cosas no le fueron tan mal, al final. ¿Qué carajo podía importar si ahora resulta que el rastro los llevaba hasta él?

Ya era un viejo inofensivo y enfermo al que le dieron casa por cárcel. Sí, si alguien había sabido salirse con la suya ese era él.

Qué pendejo fue ese muchacho. De todos sus aprendices, el más querido, el que tenía más futuro, el más avispado.

Pero no tanto como para superarlo.


Con la garganta seca de tanto tragar la polvareda de la noche, estuvo seguro de que, en lo que El Gordo se enterara de lo que le estaba haciendo esta negra cabrona, porque seguro se enteraría, se las cobraría y bien feo.

Quizás se agarraría la bronca del siglo cuando supiera lo de su burdelito, porque ya no podría seguir engañándolo, pero más porque no se lo dijo de entrada que por otra cosa.

El jefazo tenía suficientes negocios, el jefazo sabría que el suyo pequeñito no representaba ninguna competencia, el jefazo entendería… Coño, por qué no hablé antes con el jefazo.


Viendo desde arriba a aquel cuerpo nadar en sus propias miserias ella no recordaba el puto collar de perlas sino cómo cayó en la trampa de creer que huiría de la vida marginal con aquel dealer de cuarta para terminar, no como reina de la mafia, sino como una desgraciada esclava sexual en el burdel clandestino de ese pobre pendejo con tanta pinta de bonachón que ahora agonizaba frente a sus tacones de aguja.

Lavándose el coño con jabón de panela de los que usan las lavanderas casi de sol a sol porque ni de jefa de putas pudo ponerla, sino de puta 24 horas, sin derecho a queja.

Con esa carita de yo no rompo un plato.

Pero qué se iba a imaginar el emprendedor de baja monta este que ahora mismo chillaba de dolor que a través de uno de sus propios clientes iba a llegar a El Gordo.

Sí, gratis no le salió, el soplón le acabó montando este pancito en el horno, pero con lo juntado y con el apoyo del verdadero capo-de-capos, ya tendría suficiente para mantener a su muchacho o muchachita y vivir de alguna vaina más tranquila.

Siempre le había gustado cortar pelo y pintar uñas. Un salón de belleza. Eso.

A El Gordo no se le anda con jueguitos de niños.

Día tras día, con notitas en cajas de cigarros, servilletas sucias, billetes de mil pesitos… Así fueron cocinando ese pastel, hasta la última guinda de su decoración.


Meciéndose como quien recita un mantra, con dos de los gatos en su regazo y espantando los moscos, El Gordo reconoció, siendo honesto consigo mismo, que sí le causó algo de pena lo de Leonel. El muchacho hizo muy bien su trabajo. Sabía llevar las cuentas. Tenía buen ojo pa’l negocio.

Pero qué carajo, no le dejó alternativa. La embarró. Y bien feo.


Entre una y otra despertada, tendido en el suelo, el pobre infeliz sintió el ruido de un motor cada vez más cerca.

La camioneta del jefe, coño, ya se va a terminar esta desgracia.

Los faros le golpearon la cara y para cuando se recuperó del resplandor vio las puntas plateadas de unas botas blancas que conocía más que muy bien.

Estoy a salvo, carajo. Este se va a encargar de esta negra puta.

La negra se estaba lamentando porque no supo hacer el “único disparo mortal”, tal como el ahora jefe mayor del gordito le había enseñado, y ya había comenzado a preocuparse porque este no aparecía todavía junto con su equipo de limpiamierdas justo cuando llegó la enorme camioneta de dorado impecable que fue a estacionarse al lado de la escena.

–Coño, mi Leíto, ¿un burdel paralelo? Nojoda, chico, hay que ser bien pendejo pa’ jugarme una así. 

El nieto de Luis Álvarez Tirado comenzó a tiritar furiosamente en el mismo momento en el que el último de los edecanes de su jefe se bajó del auto.

Aunque sin entender bien nada, por puro instinto, apretó los recuerdos más preciados de su abuelo que siempre cargaba encima como amuletos: con la mano derecha, la pluma de oro en su bolsillo; con la mano izquierda, su placa de identificación militar en el pecho.

Haciendo equilibrio con sus tacones de aguja, la morenaza se acercó a su oído para pedirle perdón porque nunca fue capaz de aprender a usar bien un arma y ni siquiera a los animales de monte se los debe dejar así, agonizando.

Y fue ahí, justo antes de que la mulata alcanzara a dar el disparo de remate, cuando sonaron dos disparos.

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