¿Cómo afrontar una pérdida cuando todavía no encontramos las palabras para explicar lo que nos duele? La escritura puede ofrecernos un espacio para explorar nuestras emociones, reconocer lo que hemos perdido y comprender qué lugar ocupa esa experiencia en nuestra historia. En esta nota te propongo un ejercicio de escritura expresiva que puedes realizar a tu propio ritmo: Qué perdí, qué se queda conmigo.
No todas las pérdidas son iguales
Todos hemos perdido algo alguna vez. Una persona que amamos, un animalito de nuestro corazón, una relación, una casa, un trabajo, una oportunidad, un arraigo o una etapa de nuestra vida. También podemos experimentar la pérdida de quienes éramos antes de que algo cambiara.
Hay pérdidas que llegan de manera inesperada y otras que se anuncian lentamente. Algunas transforman nuestra vida cotidiana, otras alteran la manera en que nos comprendemos a nosotros mismos. Y hay pérdidas que, aunque desde fuera parezcan pequeñas, tienen un significado enorme para quien las experimenta.
Podemos perder un objeto y descubrir que lo que realmente extrañamos es una época de nuestra vida. Podemos terminar una relación y extrañar, además de la otra persona, los planes que habíamos imaginado juntos. Podemos abandonar una casa -¡o un país!- y sentir que dejamos atrás una parte de nuestra identidad.
Por eso, cuando hablamos de pérdidas, no hablamos solamente de aquello que deja de estar. Hablamos también de lo que representaba, de las expectativas que habíamos depositado allí y de los cambios que su ausencia produce en nuestras vidas.
Sin embargo, no siempre encontramos las palabras para hablar de estas experiencias. A veces sabemos que algo nos duele, pero todavía no sabemos explicar por qué.
Escribir puede ser una manera de comenzar a explorar ese territorio.
¿Por qué escribir sobre una pérdida?
Desde la investigación de James W. Pennebaker sobre la escritura expresiva hasta el enfoque narrativo desarrollado por Michael White y David Epston, encontramos distintas perspectivas que nos invitan a explorar el valor de las palabras para acercarnos a nuestra experiencia.
Escribir nos permite detenernos y prestar atención a pensamientos y emociones que, en medio de la vida cotidiana, pueden permanecer confusos o resultarnos difíciles de expresar.
Cuando escribimos sobre una experiencia significativa, no nos limitamos a registrar lo que ocurrió. También podemos explorar lo que sentimos, las preguntas que nos hacemos y el significado que atribuimos a lo vivido.
Ojo, que esto no significa que escribir siempre produzca alivio inmediato ni que poner una experiencia por escrito resuelva automáticamente un conflicto.
Significa que las palabras pueden ofrecernos una herramienta para observar nuestra experiencia con mayor detenimiento.
Qué perdí, qué se queda conmigo
Este ejercicio está pensado para explorar distintos tipos de pérdidas: humanas, materiales, afectivas o relacionadas con cambios importantes en nuestra vida.
No necesitas experiencia previa en escritura. Tampoco necesitas escribir de manera ordenada, encontrar las palabras perfectas o compartir lo que produces.
Solo necesitas papel y lápiz -porque lo ideal y lo que aconsejo es hacerlo a mano-, unos minutos de tranquilidad y la disposición a escribir sin juzgarte.
Te propongo completar tres frases.
1. «Perdí…»
Piensa en una pérdida sobre la que te sientas preparada o preparado para escribir. No tienes que elegir la más dolorosa de tu vida. Puedes comenzar con una experiencia que todavía tenga significado para ti y sobre la que te resulte posible reflexionar.
Escribe durante unos cinco minutos… o durante el tiempo que te haga sentir en comodidad.
Puedes comenzar contando qué ocurrió, cuándo sucedió o qué recuerdas de aquella experiencia. No hace falta que reconstruyas toda la historia ni que expliques cada detalle.
Deja que aparezcan las palabras tal como llegan.
Si no sabes cómo empezar, prueba con esta frase:
Lo que perdí fue…
No corrijas lo que escribas. No te detengas a buscar una expresión más bonita. No te preocupes por la gramática.
En este primer momento, el propósito es nombrar aquello que has perdido.
2. «…que significaba para mí…»
Ahora vamos a explorar el significado de esa pérdida.
Dedica otros cinco minutos -de nuevo: o el tiempo que te resulte cómodo- a escribir sobre el lugar que ocupaba aquello que ya no está.
¿Qué representaba para ti? ¿Qué compartías con aquello que perdiste? ¿Qué esperabas de esa relación, ese trabajo, ese proyecto…? ¿Qué cambió cuando aquello dejó de formar parte de tu vida?
También puedes preguntarte qué emociones aparecen cuando piensas en su ausencia.
Quizá sientas tristeza, rabia, nostalgia, culpa, alivio o una mezcla de sentimientos que no resulta fácil explicar.
No tienes que experimentar una emoción determinada para que tu pérdida sea legítima. Tampoco necesitas justificar lo que sientes.
Si te ayuda, comienza así:
Lo que más significaba para mí era…
A veces, al escribir sobre esto descubrimos que no extrañamos únicamente aquello que perdimos. También extrañamos lo que éramos cuando lo teníamos, lo que imaginábamos que sucedería o la seguridad que nos proporcionaba.
No es necesario llegar a ninguna conclusión. Basta con explorar.
3. «Lo que se queda conmigo…»
Llegamos a la última frase.
Dedica otros cinco minutos -ya sabes, tómate el tiempo que necesites, los cinco minutos son de referencia- a escribir sobre la relación que mantienes hoy con esa pérdida.
¿Hay algo de aquella experiencia que quieras conservar? ¿Qué has descubierto sobre ti al atravesarla? ¿Qué cambió en tu manera de comprender tu historia? ¿Qué necesitas reconocer o cuidar en este momento?
Quizá identifiques un recuerdo, una capacidad, un aprendizaje o un vínculo que sigue teniendo significado para ti.
Quizá no encuentres nada de eso todavía.
Y también está bien.
Este ejercicio no pretende obligarte a descubrir un lado positivo en lo ocurrido. No todas las pérdidas dejan una enseñanza reconocible y no necesitamos convertir el dolor en una historia inspiradora para darle espacio.
Si hoy lo único que puedes escribir es que todavía duele, eso es súper válido y comprensible.
Incluso, si todavía no tienes palabras para completar esta tercera propuesta, puedes intentar algo como.
Hoy, frente a esta pérdida, necesito…
No se trata de encontrar una conclusión definitiva, sino de explorar dónde podrías estar ahora.
¿Qué hacer después de escribir?
Cuando termines, date un momento antes de continuar con tus actividades.
Puedes cerrar el cuaderno, respirar tranquilamente y observar cómo te encuentras. No necesitas releer el texto de inmediato ni decidir qué hacer con él.
Si más adelante deseas volver a leerlo, puedes prestar atención a las palabras, las emociones y las preguntas que aparecen. Tal vez descubras algo que no habías advertido mientras escribías. Tal vez tu percepción no haya cambiado.
No hay un resultado que debas alcanzar.
Tampoco tienes que compartir el texto con nadie. La escritura puede ser una práctica íntima y tú decides qué hacer con tus palabras.
Cuando vuelvas al texto, básate en las tres frases para, ahora sí, darle forma y coherencia.
Si durante el ejercicio aparece malestar que te incomoda, puedes detenerte. Elegir una experiencia menos dolorosa, dejar la práctica para otro momento o buscar acompañamiento profesional son opciones geniales.
En particular, si estás atravesando un duelo reciente o una experiencia traumática, no tienes que explorarla ahora mismo ni en solitario ni exponerte a emociones para las que todavía no te sientes preparada o preparado. Puedes guardar este ejercicio y realizarlo más adelante.
Recuerda: escribir no significa superar una pérdida de inmediato
A veces hablamos del duelo como si fuera un recorrido que necesariamente debiéramos completar para llegar a un punto en el que ya no duela.
Pero las experiencias de pérdida son distintas, y no existe un calendario universal para procesarlas.
Escribir sobre lo ocurrido tampoco significa que tengamos que cerrar una etapa, perdonar a alguien, despedirnos definitivamente o encontrar una explicación satisfactoria.
Podemos escribir porque necesitamos reconocer lo que sentimos -siempre que necesitemos hacerlo-. Porque hay algo que todavía no sabemos nombrar. Porque queremos explorar el significado de una experiencia o simplemente porque necesitamos detenernos un momento a escucharnos.
También podemos empezar por algo mucho más sencillo: reconocer que algo nos importa, que su ausencia tiene un significado y que necesitamos palabras para explorar ese significado.
Por último:
Si te sientes lista o listo para realizar este ejercicio, recuerda que no necesitas producir un texto hermoso ni encontrar una conclusión reveladora. No estás escribiendo para demostrar que has avanzado ni para convencerte de que todo está bien.
Estás escribiendo para explorar lo que esa pérdida significa para ti.
No tienes que encontrarle sentido a lo que perdiste. Puedes empezar, sencillamente, por darle palabras.
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